viernes, 26 de febrero de 2021

COLONIA ESCOLAR LA TORRE COSTA - BENEJAMA (Alicante)

 

COLONIAS ESCOLARES DURANTE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA (1936-1939)

COLONIA ESCOLAR LA TORRE COSTA – BENEJAMA (Alicante)

 

Educar en una guerra: el proyecto pedagógico republicano de las colonias escolares (1936-1939).

La recuperación genealógica de las intelectuales españolas de comienzos del siglo XX está permitiendo sacar a la luz el importante papel jugado por estas mujeres en las diferentes disciplinas, como es el caso de las primeras psicólogas españolas. En este marco debe situarse el legado de Regina Lago García quien contribuyó de manera decisiva, entre otros aspectos, a paliar el dolor de la infancia evacuada durante el terrible periodo de la Guerra Civil Española.

Regina Lago nace en Palencia en el año 1897 en el seno de una familia acomodada, estudia Magisterio Elemental y Superior en la Escuela Normal de la misma ciudad. Posteriormente se trasladará a Madrid para preparar el examen de ingreso en la Escuela Superior de Magisterio, consiguiendo ser la número uno de su promoción.




Su interés por la psicología se manifiesta de manera temprana al matricularse en el curso de Psicología Experimental. En el año 1927 se trasladará a la Escuela Normal de Lugo al ser nombrada profesora de matemáticas. Durante su estancia en la misma, solicitará la condición de pensionada a la Junta de Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, con el objeto de ampliar la formación en Psicología Experimental y poder conocer de cerca el funcionamiento de las Escuelas Normales de Suiza. De esta forma le permitirá analizar la importancia de la organización escolar a la hora de desarrollar la autonomía personal de los escolares, en consonancia con los planteamientos de la Escuela Nueva.




Al comienzo de la guerra civil Regina Lago será nombrada responsable de la sección de Organización Pedagógica de la recién creada Delegación nacional de la Infancia Evacuada y, más tarde, consejera pedagógica del Consejo Nacional de la Infancia Evacuada.








Para la acogida de los niños y niñas se crean las Colonias Escolares, bajo el patrocinio del Ministerio de Instrucción Pública (MIP), que se van a ubicar principalmente en el Levante.

La organización de las primeras colonias contará con el apoyo de un interesante número de maestros y maestras como Ángel Llorca y Justa Freire, quienes desarrollarán un tipo específico de colonias denominadas Comunidades Familiares de Educación, experimentada por Ángel Llorca en la colonia del Perelló.






Durante su permanencia en la organización de las colonias, Regina Lago recopilará un interesante número de dibujos realizados por los niños y niñas de las colonias, siguiendo una serie de recomendaciones emitidas desde el MIP, donde se les solicitaba que hiciesen referencia a escenas relacionadas con el antes, el durante y el después de la guerra.





De los cerca de 4000 dibujos recogidos, Regina Lago analizará 624, correspondientes a niñas y niños de entre 6 y 14 años. Después de un minucioso análisis cuantitativo de los diferentes dibujos, Regina agrupará los resultados en tres dimensiones: la comprensión general de las tres cuestiones planteadas (antes, durante y después de la guerra).








Por lo que respecta a los motivos elegidos, los chicos mayores suelen dibujar temas relacionados con los recuerdos familiares, la escuela y los deportes, mientras que las chicas presentan el ocio, la tranquilidad y la abundancia de alimentos. Durante la guerra ellos dibujarán sobre todo escenas relativas a la lucha en el frente y las chicas las colas en las tiendas de víveres, las evacuaciones y las escenas de personas heridas y muertas. Para después de la guerra, las niñas presentan escenas que reflejan tranquilidad y los chicos representan conceptos más abstractos basados en la victoria y la paz.





Terminada la guerra Regina Lago se exilia a México y no es hasta 1963 cuando regresa a España, el 9 de noviembre de 1966, moría Regina Lago en el centro hospitalario 20 de Noviembre, siendo enterrada en el Panteón Municipal de Cuernavaca.






Texto extraído del artículo escrito para la revista “Participación educativa” de Carmen García Colmenares “Regina Lago: una psicóloga comprometida con la infancia durante la guerra civil española”.

 Dibujos procedentes de la Colonia Escolar La Torre Costa, depositados en Archivo de la Universidad de California, San Diego. Mandeville Special Collections Library

 

martes, 9 de febrero de 2021

COLONIA ESCOLAR LA NORIA - ALICANTE



                                                                                

                                                                               


                                                                                  


                                                                               


                                                                                


                                                                                  



                                                                                 





COLONIA ESCOLAR TANGEL - ALICANTE

 

EL ASESINATO DE DANIEL GONZÁLEZ LINACERO EN 1936

La caza del maestro

El día 8 de agosto de 1936, un grupo de falangistas fue a buscar a Daniel González Linacero a la casa de Arévalo en que pasaba las vacaciones con su familia y lo asesinó. Su partida de defunción dice, con elocuente simplicidad, que falleció “a consecuencia del Movimiento Nacional existente”. Tenía treinta y tres años y dejaba esposa, que vive todavía, y tres hijas de corta edad. La casa fue cerrada y saqueada.

¿Quién era ese enemigo del nuevo orden al que se consideraba tan peligroso como para asesinarle? Daniel González Linacero había nacido en 1903 en Valdilecha (Madrid), de padres maestros. Estudió Magisterio en Ávila y ejerció por primera vez en Montejo de Arévalo (Segovia), en 1925. Fue más tarde a Madrid y, a la vez que trabajaba, obtuvo el título de licenciado en Historia. Tras una etapa en la escuela normal de Teruel, fue destinado a la de Palencia como director y desarrolló allí una importante actividad. Consiguió el traslado de la Escuela a un local más apropiado y dirigió el cursillo para maestros de 1932. Participó además en diversas misiones pedagógicas y en actos de la Federación de Trabajadores de la Enseñanza, que él mismo había contribuido a crear en Palencia.

Su mayor crimen consistía, sin embargo, en haber escrito un texto para la enseñanza de la historia en la escuela primaria que tuvo muy buena acogida. Mi primer libro de historia, publicado en Palencia en 1933, comenzaba con una introducción para los maestros en que atacaba los “libros históricos amañados con profusión de fechas, sucesos, batallas y crímenes; relatos de reinados vacíos de sentido histórico, todo bambolla y efectismo espectacular”. Y pedía que no se olvidase “que la historia no la han hecho los personajes, sino el pueblo, todo y principalmente el pueblo trabajador humilde y sufrido, que, solidario y altruista, ha ido empujando la vida hacia horizontes más nobles, más justos, más humanos”.

Este planteamiento inicial se traducía en las lecciones destinadas a los niños en unos textos claros y sencillos sobre “historia de las cosas”, que seguían “el orden evolutivo natural, de lo más sencillo a lo más complicado”, para conseguir “la espontánea comparación entre lo actual y lo anterior”. Las lecciones comenzaban con la vivienda y acababan en un capítulo sobre “cooperación y solidaridad”, donde se sostenía que en la actualidad “nadie vive para sí”, sino que todos dependemos del trabajo de los demás. No había en el libro una sola alusión política, salvo una lamentación por los millones de muertos en la Primera Guerra Mundial y un dibujo de una Casa del Pueblo donde, se decía, “los trabajadores aprenden a practicar las dos grandes virtudes sobre las que se asienta la vida: cooperación y solidaridad”.

No parece suficiente como para justificar un asesinato, que sólo se explica por el hecho de que esta muerte formaba parte de una campaña sistemática de persecución de la enseñanza y de la cultura por parte de los sublevados de julio de 1936, como lo manifestaba un artículo publicado en agosto del mismo año en la prensa de Sevilla en que se pedía el castigo de los maestros, la escuela, la prensa y el libro.

Los maestros y los libros fueron los primeros en sufrir tal castigo. La depuración de los maestros no sólo pretendía apartar de la enseñanza a los que no compartían el ideario de los sublevados, sino reducir su número para cerrar escuelas. José Pemartín, jefe del Servicio de Enseñanza Superior y Media, decía en 1937 que “tal vez un 75 por ciento del personal oficial enseñante ha traicionado -unos abiertamente, otros solapadamente, que son los más peligrosos- a la causa nacional”. A lo que añadía: “Una depuración inevitable va a disminuir considerablemente, sin duda, la cantidad de personas de la enseñanza oficial”. Se clausuraron, por ello, 54 institutos públicos de enseñanza secundaria creados por la República, que el nuevo régimen consideraba innecesarios.

Antes de que se pusiera en marcha la depuración formal y reglamentada del personal docente, hubo, sin embargo, una etapa previa de asesinato de maestros, sin normas ni controles, que no se refleja en la documentación conservada. No sabemos cuántas fueron sus víctimas, pero los datos de las nueve provincias en que se ha investigado el tema dan un total de alrededor de 250 maestros ejecutados o desaparecidos. Una cifra mínima a la que habrá que agregar los de otras provincias, como la de Ávila, donde fue asesinado Linacero.

Aclaremos un punto. Hubo muertes de maestros en los dos bandos. Los republicanos mataron a maestros católicos, pero no por su oficio, sino por motivos políticos personales. Su muerte no formaba parte del programa republicano, sino que fue una triste y condenable consecuencia de la violencia de la Guerra Civil. En el bando franquista, en cambio, la caza del maestro formaba parte de un programa que incluía el cierre de centros escolares y la destrucción de libros, que eran el otro medio de educación popular que convenía combatir.

Sabemos el impulso que la República había dado a la creación de bibliotecas públicas. Hasta entonces las únicas accesibles a los lectores populares habían sido las de las Casas del Pueblo, centros republicanos, cooperativas o ateneos obreros. Ahora se crearon bibliotecas municipales de 300 a 500 volúmenes y se dotó de libros a las escuelas. En plena Guerra Civil, una octavilla de la Conselleria de Cultura de Valencia afirmaba que “la mejor manera de hacer la revolución es hacer cultura” e incitaba a los jóvenes a que pidieran “la instalación de una biblioteca popular en el pueblo”.

En el otro bando las cosas fueron muy distintas. Una de las primeras medidas de los sublevados fue la de quemar libros de las bibliotecas públicas. El ideal gallego de 19 de agosto de 1936 decía: “A orillas del mar, para que el mar se lleve los restos de tanta podredumbre y de tanta miseria, la Falange está quemando montones de libros y folletos”. Las quemas fueron generales y sistemáticas, y contaron con apoyos intelectuales como el del rector de la Universidad de Zaragoza, Gonzalo Calamita, que en el número 3 del Boletín de Educación publicó un artículo con el título de “¡El peor estupefaciente!” que contenía su aportación como científico a la campaña depuradora: “El fuego purificador es la medida radical contra la materialidad del libro”.

¿Qué justificación había para este holocausto bibliográfico? ¿Cuáles eran los libros que se quemaban o prohibían para evitar sus efectos corruptores? Una ojeada a las listas de libros “prohibidos terminantemente” en las escuelas de Segovia puede darnos idea de la naturaleza de esta persecución. En la lista figura, para empezar, una gran parte de la literatura española contemporánea: Unamuno, Valle-Inclán, Pérez Galdós (incluyendo expresamente los Episodios nacionales), Valera, Baroja, Azorín, Palacio Valdés e incluso Concha Espina, junto a nombres de otros siglos, como Rojas Zorrilla, Moreto, algunas obras de Lope, las poesías de Espronceda, La Alpujarra de Alarcón o el Ideario español de Ganivet.

En materia de literatura universal caen, entre otros muchos, Eurípides, Edgar Allan Poe, Chateaubriand, Goethe, Shakespeare (por lo menos “los tomos 2º y 8º de sus Obras completas”), junto a algunas novelas que debían considerarse tan maléficas como para merecer una mención individualizada, tales como Tartarín de Tarascón de Daudet o Quo Vadis? de Sienkiewicz. Caen también todos los autores rusos imaginables, sin importar cuál fuera su filiación ideológica, de acuerdo con una norma superior que mandaba eliminar “la mal llamada literatura rusa”.

En las listas de Valladolid se repiten la mayor parte de estas prohibiciones, a las que se añaden las de La Celestina o de las fábulas de La Fontaine, mientras las Novelas ejemplares de Cervantes no llegan a prohibirse, pero se indica que deben reservarse para lectores maduros y formados. En Barcelona caen Pascal y las novelas de Emilio Salgari, que estaban, en cambio, autorizadas en Valladolid.

En el campo de la historia se prohíben la Historia de España y de la civilización española de Rafael Altamira (Vegas Latapie nos cuenta, por otra parte, que un falangista se le ofreció para “dar el paseo” al autor de esta obra maestra de nuestra historiografía) y, repetidamente, Mi primer libro de historia de Linacero, perseguido con una saña especial.

El caso del libro de Linacero nos muestra cuáles eran los valores de la enseñanza republicana que combatían a sangre y fuego los franquistas, y nos permite advertir que lo que temían no era la subversión revolucionaria, que no tiene nada que ver con las propuestas del maestro asesinado, sino la razón, la tolerancia y el proyecto de construir pacíficamente un mundo más justo, valiéndose, según sus propias palabras, de “las dos grandes virtudes sobre las que se asienta la vida: cooperación y solidaridad”. Nada puede resultar más revelador que el hecho de que al hombre que escribía tales cosas no se contentasen con hacerle callar, quemando sus libros, sino que creyesen que era necesario matarlo.

Vivimos en tiempos de revisionismo en que se pretende sostener que en la contienda civil española ambos bandos fueron igualmente culpables y que la sublevación militar de julio de 1936 fue una consecuencia inevitable de los errores y abusos del régimen republicano. Pienso, por el contrario, que un análisis de lo realizado por cada uno de los dos bandos muestra que les movían razones muy distintas. Y que es imposible entender lo que significó la Segunda República Española, y los motivos por los que la combatieron los sublevados de 1936, si se pasan por alto diferencias tan fundamentales como ésta: la República construyó escuelas, creó bibliotecas y formó maestros; el “régimen del 18 de julio” se dedicó desde el primer momento a cerrar escuelas, quemar libros y asesinar maestros.

Perdonar, todo.

Olvidar, nada.

JOSEP FONTANA

EL PAÍS – Opinión – 10-08-2006